Mimemoria
  Dos golazos y paz en el Superclásico
 

Salió el partido posible, al cabo. No podía esperarse demasiado según los últimos antecedentes. Y menos con la certeza de que Riquelme no iba a formar parte del encuentro. Pero, como se sabe que el juego del fútbol, tan apasionante, tan imprevisible, siempre está abierto a las sorpresas, las ilusiones quedaron abiertas. Sin embargo, Boca y River fueron fieles a sus actualidades. Poco juego de creación, fricciones, imprecisiones y un visible temor a la derrota fijaron las marcas que definieron el desarrollo.

Fue empate y no hay mayores objeciones. Se insinuó mejor Boca en el primer tiempo (aunque sin exigir demasiado al arquero Vega) y en la ráfaga que siguió al buen gol de Martín Palermo. Es curioso, le pegó con absoluta libertad desde afuera del área (y brotó una reminiscencia de aquel que le marcara al mismo rival en su sorpresiva reaparición, en la Copa Libertadores de 2000, luego de seis meses de recuperación. Y así es Palermo. Pura voluntad, técnica escasa, poca participación en el circuito, pero amigo inclaudicable del gol. Después mejoró el rendimiento de River. Entró Buonanotte por Bou y el equipo tomó mayor dinámica ofensiva. Además, la entrada de Rosales por Fabbiani (a la hora de la acción su desempeño quedó muy lejos de sus abundantes promesas verbales) sirvió para abrir el frente de llegada. Entonces, el partido cambió su fisonomía. River, que lo había planeado para contraatacar, decidió ir en búsqueda del empate sin tanta precaución. Y Boca, que había mantenido la iniciativa, retrocedió para emplear la fórmula de la contestación. Pero todo, de un lado y del otro, tenía el tono gris de la mediocridad. Hasta que Gallardo --desperdiciado en una posición intrascendente de volante por izquierda-- desempolvó la fineza de su pegada, tras una infracción de Battaglia a Buonanotte (mereció una amonestación que el árbitro Bassi no aplicó) con un preciso tiro libre y selló el 1 a 1.

El vértigo que le impusieron Gaitán y Chávez al movimiento de su equipo en el comienzo, más las rápidas encaradas de Palacio por los dos laterales, sumados a los desacoples consecuentes de la defensa de River, hicieron pensar en una tarde tranquila para Boca. Pero con el correr de las minutos comenzó a verse que ese vértigo se hacía contraproducente. Porque derivaba en impresiones. Faltaba la pausa, el cambio de ritmo, la variedad de las jugadas. Lo que suele ofrecer Riquelme y que Boca no tenía, extrañaba. Por eso, lentamente, River se fue animando a discutir la posesión de la pelota en el medio de la cancha. Pero también a los visitantes les faltaba coherencia en el armado de las jugadas. Porque Gallardo no participaba con la asiduidad aconsejable. Gorosito le había designado otra función. Parecía que estaba para controlar a Vargas y a las posibles subidas de Ibarra. Demasiado poco para su aptitud creativa. Por eso su imagen terminó desdibujándose. Y sólo el gol recuperó un retazo de su reconocido bagage. Sobre el final de la etapa un golpe --con el brazo-- de Morel a Domingo no fue sancionado por Bassi. Se lo notó demasiado permisivo al árbitro. No cobró infracciones con el rigor correspondiente.

No aportaron demasiado los cambios que decidió Carlos Ischia (Mouche por Palacio y Gracián por Gaitán) porque el destino del partido parecía encarrilado hacia el empate. En el balance general había mostrado algo más de ambición Boca. Pero tuvo River una chance crucial a los 33 minutos cuando Buonanotte habilitó a Falcao, quien picó absolutamente solo, desde muy lejos. Pero ante la salida desesperada de Abbondanzieri, fuera del área, se apuró en el cruce del remate y la pelota se fue desviada, lejos del arco.

Al cabo, el clásico se fue diluyendo hacia un cierre sin emociones. El empate serena los ánimos de los dos. Pero tal vez lo sienta más River, que todavía tenía ilusiones en el Clausura. A Boca le queda la Copa como objetivo elegido.






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